Secciones

Mostrando entradas con la etiqueta De Autor a Locutor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta De Autor a Locutor. Mostrar todas las entradas

miércoles, 25 de agosto de 2010

La sociedad de la información y el día que dejamos de escuchar

Por Alejandro M. David

Los oídos captan voces, sonidos, música. Pero es en el escuchar cuando eso que recibimos se vuelve significativo, pensable, propio, nuestro. Cabe preguntarnos si en nuestro presente oímos o escuchamos. ¿Vos que crees? ¿Oís o escuchas?
Hace unos quince o veinte anos atrás la única forma de escuchar un tema era comprando el disco, CD o casete original.
Algunos melancólicos recordaran aquellas cintas caseramente grabadas que habrán reproducido una y otra vez en sus noches de salidas. Pero la copia casi siempre se hacia de el original de un amigo, compañero o familiar que había comprado el material genuino.
Las disquerías eran comercios exitosos desde el punto de vista comercial y lugares cautivantes para todo aquel que quisiera revolver las bateas que rebosaban de todo tipo de producciones.
Hace unos veinte años atrás los discos se escuchaban de principio a fin, se gastaban las tapas de cartón de los vinilos, se rayaban los compact disc, incipiente formato en aquel entonces, y se salían las cintas de los casetes que eran un formato preponderante y popular de esa época.
Sin duda, todo ese maravilloso desgaste de tapa y formato era reflexivo, era escuchado. Todos los temas se escuchaban porque duraban meses, y hasta años, en rotación en la radio. Era común sentarse a debatir sobre un disco porque esas producciones musicales, internacionales o nacionales, del género que a uno le guste recordar, eran reproducidas de principio a fin, tanto por melómanos y dee jays como por cualquier mortal que tuviese un disco. Todos sabíamos como sonaba "Oktubre" de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota porque lo habíamos escuchado en su totalidad.
Que distante estamos de esa realidad, aquí el tango parece no tener razón cuando reza "veinte años no es nada". De esa década del ochenta y noventa, de disquerias que vivían su época de gloria y de discos que se escuchaban reflexionando desde su sonido hasta el arte de tapa sólo queda un buen recuerdo.
Hoy muy pocos hablan desde el rock, el pop y hasta el reggaeton desde sus producciones discográficas. Todos los géneros llevan la misma prisa impuesta por el mercado o los tiempos que vivimos. Hasta el hit más comercial pasa sin pena ni gloria y es sepultado bajo toneladas de otros temas que de inmediato se convertirán en parte de ese presente hiper fugaz del que queremos dar cuenta.
¿Pero que pasó en el medio? ¿Cómo entender lo que cambió? Para intentar deducir por que los discos ya no se apilan, coleccionan y escuchan como otrora. Para comprender por que bajo las persianas para siempre una disqueria emblemática de la ciudad de Rosario como lo fue Tal Cual. Para saber por que ahora cuesta tanto que todos nuestros amigos sepan de una misma producción discográfica,  podemos citar al estadounidense master en sociología Scott Lash. Él manifiesta que "el orden global  de la información ha borrado y devorado todos los trascendentales. Ya no existe espacio exterior alguno para dicha reflexión crítica. Y tampoco hay tiempo". En síntesis, y redondeando la idea que introduce Lash, es por los flujos de información y la globalidad que ya no existe lugar posible para la reflexión.
 Pensándolo así podríamos entender por que ya los discos no se aprecian en su totalidad y no tienen la permanencia que en otros tiempos tenían en el aire de la radio.
Lash explica que los objetos en "su flujo global tienden a escapar de las intenciones y de la soberanía del sujeto". En estas líneas, nos permitimos considerar a las producciones discográficas como parte de la información, como una fibra de ese hilo que forma lo noticiable, que es lo que la comunicación media con lo global.
Lo que sucede con la música hoy en día tiene que ver con eso. Escapa de nuestro poder porque en esta "sociedad mediática" la unidad cultural es la comunicación. Y las características de esta última, según Lash, son lo breve, la velocidad y lo efímero.
Lo maravilloso de esta nueva sociedad de la información, de flujos comunicacionales y tecnología es que gran cantidad de artistas han podido trascender. Por medio de nuevos formatos, múltiples plataformas y redes han logrado hacerse escuchar de manera independiente. Situación que antes rozaba lo milagroso, ya que el poder de la difucion de un tema estaba condicionado por el contrato que solo unos pocos pudiesen alcanzar con una discográfica.
¿Pero el hecho de que una banda, por poner un ejemplo, tenga su video en la Web al alcance del mundo, sus temas a dispocision de quien quiera a través de los tan cuestionados programas de descarga o logre hacer crecer su grupo de fans por medio de las redes sociales, no hace que su producción sea otro "objeto" mas del que el sujeto ya no tenga control? Un "objeto" que viene a engrosar las filas de este "régimen informacional emergente de poder".
Y esa cualidad de breve, veloz y efímera que tiene esta sociedad hace que se necesiten todo el tiempo nuevos "objetos". Lo que genera un buen lugar para la producción pero quita territorio al análisis. En palabras del autor en cuestión, "ya no existe espacio exterior alguno para la reflexión crítica".
Quizás sea por eso que hoy los temas y los discos pasan rápidamente por la radio sin que podamos recordar siquiera que nombre tienen. Sin que podamos hablar de tal o cual lanzamiento. Porque al convertirse en "objetos" deben circular rápidamente para dar lugar a nuevos "objetos" que inmediatamente deberán hacer lo que sus antecesores. Sin que podamos escucharlos, sólo oírlos.
Respecto a esas disquerias que recorríamos hurgueteado bateas y bateas de discos, las mismas ya no tienen lugar en esta sociedad de la que habla Lash. Para algunos fueron comercialmente devastadas por la posibilidad de descargas gratuitas que brinda Internet a través del milagroso formato mp3, para otros razonablemente ajusticiadas.   Y en lo que respecta al lugar que cumplen, ha sido suplido por la posibilidad de tener todo lo que se desea en casa, al instante y, como dijimos, gratis. Bien lo aclara Lash, "las comunicaciones implican también movimiento de bienes y personas". A lo que podemos agregar, "la nueva economía es, entonces, una economía de las comunicaciones".
No obstante, Lash deja abierta una puerta por la que asoma un has de luz, de esperanza, al decir que si bien "no hay escape al orden de la información, la crítica deberá provenir del interior de la información misma".

Vivir Apantallados

Lev Manovich por María Elisa Martín

El siglo XX ha sido -entre otras muchas cosas- el siglo de la imagen en movimiento, pero también el siglo de las pantallas. Ahora, no tenemos más que mirar a nuestro alrededor para darnos cuenta de que vivimos rodeados de pantallas: la del televisor, la computadora, la del cajero automático, el GPS, la del celular, la de los reproductores, las de las heladeras, los autos, las de los aeropuertos, las estaciones, centros comerciales.…
Hace años que la pantalla abandonó la sala de cine para entrar en la vida cotidiana y todos sus ámbitos. Hace años que las pantallas son el soporte de la información, de lo estético y, en definitiva, ventanas a la realidad construida. Y sin embargo, a pesar de esta hegemonía de la pantalla, su historia nos revela constantes intentos de ir más allá de sus límites, de superar su marco rectangular en favor de una experiencia visual cada vez más real -intentos que ahora, con la Realidad Virtual o el Holograma, parecen llegar a culminar.
En general y en su forma más simple, podemos definir la pantalla como una superficie plana sobre la que se proyecta la imagen, una superficie pasiva sobre la que se refleja la luz que compone una imagen completa. En una forma más compleja, la pantalla no es sólo un dispositivo de proyección, sino que la pantalla electrónica -cuya tecnología se conoce desde 1897 pero que no se desarrolló hasta que en los años 40 los rayos catódicos fueron perfeccionados- es, en sí misma, una fuente de luz en la que imagen se conforma por el barrido de señales electrónicas, del mismo modo que la pantalla digital conforma imágenes a través del barrido de píxeles.
Vivimos rodeados de pantallas. Televisores, videocámaras y computadoras regulan cada instante de nuestra vida. Trabajamos, nos comunicamos e informamos, compramos, sacamos dinero del banco y nos divertimos utilizando pantallas. Pantallas que nos permiten acceder aquí y ahora a cualquier lugar del mundo.
Lev Manovich[1] En su libro "El lenguaje de los nuevos medios" (2006, Editorial Paidós) hace un planteamiento en cuanto al uso del idioma que hoy en día se maneja al usar nuevos medios electrónicos y digitales como las computadoras. Su hipótesis inicial, se basa en la idea de un lenguaje estructurado a través de unas interfaces fácilmente utilizables por los usuarios, interfaces que se ven sometidas a una interrelación por parte del usuario con las posibilidades que ofrecen.
Habla de nuevos medios, partiendo del análisis de los sitios Web, los mundos virtuales, la Realidad Virtual, las creaciones multimedia, los juegos de computadora, las instalaciones interactivas, la animación por computadora, el vídeo digital, el cine, y de las interfaces individuo – computadora; en esta medida, el estudio de los nuevos medios va intrínsecamente ligado a la cultura.
Sugiere a su vez, la exploración de los nuevos medios como un lenguaje que refiera a las convenciones usadas por los diseñadores de objetos interactivos pero también a la estructura de experiencia del usuario.
El usuario tiene un rol fundamental en los nuevos medios, ya que es quien empieza a constituir un nuevo idioma basado en la experiencia que va adquiriendo con la interfaz, hasta el punto de llegar a dominarla – esto no en sentido estricto - a la hora de modificar algún dato o de eliminar algún archivo. Plantea además las continuidades existentes entre los nuevos medios y los viejos medios, y las interacciones constantes entre lo que es para la historia repetición y lo que se considera como innovador.
A partir de los nuevos medios surge una posibilidad de aprender un lenguaje universal; el usuario de los nuevos medios no se conforma con la estructura formal de la interfaz, con lo que la misma ofrece; sino bien empieza a explotar al máximo todas sus posibilidades.
Así como los viejos medios acordaban con la producción en serie, la masividad y el predominio de lo visual en la pasada sociedad industrial de masas, los nuevos medios lo hacen con el culto al individualismo, la cultura "a la carta" y el imperio de lo táctil en el mundo postindustrial.
Manovich describe los principios de las formas culturales emergentes en torno a los medios digitales y establece que los nuevos medios son aquellos que no sólo se producen a partir de la computadora sino que además se distribuyen por medio de la misma. Estos principios son la representación numérica, la modularidad, la automatización, la variabilidad y la transcodificación.
Los nuevos medios incorporan, entre otras cosas, elementos propios de lo fílmico: recursos como el zoom, cámaras virtuales, encuadre rectangular y montaje en el plano son comunes en todos estos productos, desde los videojuegos hasta las páginas web, el net art o los mundos virtuales.
La interrelación entre los diferentes formatos y la interfaz computacional genera interfaces culturales, nuevos conjuntos de organización de los datos culturales. Finalmente constructos como la pantalla, introducen una capa adicional de convenciones.
Los nuevos media representan una nueva vanguardia para la sociedad de la información, aunque utilicen formas modernas anticuadas. Si la vanguardia de los años veinte surgió con formas nuevas para los nuevos media de la época (fotografía, cine, la nueva imprenta y tecnologías arquitectónicas), la nueva vanguardia de los media presenta formas radicalmente innovadoras de utilización de los media ya existentes.
Para Manovich, al atravesarse todo por una pantalla, se recorta la realidad en el rectángulo de la misma. Y la describe, utilizando, la analogía de la ventana que John Berger compara con la de Alberti al decir que es "una caja fuerte empotrada en la pared, en la cuál se ha depositado lo visible"
La ventana de Alberti, los aparatos de perspectiva de Durero, la cámara oscura, la fotografía y el cine, son aparatos basados en la pantalla, en lo que el sujeto ha de permanecer inmóvil. La progresiva movilización de la imagen de la modernidad, vino acompañada del aprisionamiento progresivo del espectador.
Con la llegada de la realidad virtual, las cosas cambian, el espectador ya no está encadenado, inmovilizado, anestesiado por el aparato, ahora tiene que trabajar y hablar para poder ver. Pero no todo es lo que parece.
La realidad virtual prosigue la tradición de la pantalla, al quedar el espectador inmovilizado cuando amarra su cuerpo a la máquina, al tiempo que se crean nuevas condiciones al pedirle que se mueva. En la realidad virtual, la pantalla desapareció por el mero hecho de que lo que tenía detrás la reemplazó.
Con cuasi profética visión de futuro, Manovich plantea que, a la larga puede que el aparato de la realidad virtual acabe reducido en un chip implantado en la retina y conectado por transmisión inalámbrica a la red. A partir de ese momento, estaríamos arrastrando nuestra cárcel con nosotros: para estar siempre "en contacto", siempre conectados, siempre "enchufados". A su vez, decreta fervientemente que "la retina y la pantalla se fundirán."
Dinámica, en tiempo real o interactiva, una pantalla sigue siendo una pantalla. Igual que sucedía hace siglos, seguimos mirando una superficie plana y rectangular, que existe en el espacio de nuestro cuerpo y que actúa como una ventana a otro espacio.
Está claro que vivimos en la sociedad de la pantalla, en una sociedad informatizada, en la que pasamos el día contestando correos y consultando información, de ficción y placer. Las pantallas están por doquier y amenazan con apoderarse de nosotros. No hemos dejado aun la era de la pantalla.

[1] Profesor en el Visual Arts Department, University of California - San Diego (UCSD), donde imparte cursos prácticos sobre arte digital, de historia y de teoría de la cultura digital. También dirige la Software Studies Initiative en el California Institute for Telecommunications and Information Technology (CALIT2), y además es Profesor Investigador Visitante en el Goldsmiths College (London) y el College of Fine Arts, University of New South Wales (Sydney).