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martes, 17 de noviembre de 2009

El tango en Rosario. Memorias.

"La calle es el mejor lugar de todos. Se aprende. En el hogar se aprende la educación, pero en la calle se aprende a vivir. No me lo digan a mí. Todo lo que aprendí, lo poco y extraño que aprendí, lo aprendí en la calle." Las palabras de Aníbal Troilo tienen esa verdad tan sencilla como el cordón de una vereda. Y el tango es la calle. Está en la calle. Es dejado junto a los sifones delante de las puertas y de una trompada entra en las casas haciendo bailar al mate y las cortinas.
No hay ganas de definir el tango en un sentido etimológico. Ni explicar la filosofía de sus letras, escribiendo sobre desamores y el turf. Porque creemos que nadie comenzará a escucharlo o bailarlo ante la revelación de datos que siempre son bienvenidos, pero no para seducir al que no conoce. Y nuestra intención es esa: invitar, seducir, atraer. Como y quienes cantaron por primera vez el tango en Rosario.
En su ensayo “Letras de tango”, Oscar Benito Ríos detalla: “es frecuente escuchar voces condenatorias para las letras de tango. Quienes así lo hacen carecen de perspectiva histórica, hablan por bocas de otros, se dejan influenciar por los ritmos banales del momento, que aturden y sepultan la reflexión, que permiten el momentáneo olvido de los problemas cotidianos, que alejan principalmente a la juventud, de las prácticas de la amistad digna, de los sentimientos compartidos, del respeto por los mayores, de la proyección para lo porvenir, para sumirnos en la inconsciencia de un presente que se apura hasta el paroxismo, hasta consumir nuestras fuerzas espirituales y nuestras reservas morales. Las letras del tango canción en su inmensa mayoría encuentran la identificación del ciudadano argentino, no sólo en los diferentes estratos sociales, sino en los temas que tratan sus vivencias cotidianas. El amor, la amistad, el barrio, la madre, son temas que calan hondo en las letras de tango y que son parte de nuestra forma de vida que, olvidadizos o desmemoriados del vigor para expresar nuestra verdad, muchas veces despreciamos y rotulamos con títulos que nuestra intimidad niega pero que necesitamos expresar en pos de una imagen falsa para un argentino falso, al cual le enseñaron a despreciar lo nuestro para adorar formas y costumbres totalmente ajenas a nuestro saber y sentir”. “Porque todo está contenido en el tango. No es sólo una simple expresión de la música ciudadana. No es sólo un ritmo bailable. No es la minimización absurda en la cual pretenden encerrarlo algunos eruditos. El tango no es inteligencia, no es sabiduría, no es erudición, es cultura. Y como toda cultura se yergue soberano, transmitido hasta en los propios genes de la herencia, para demostrarnos su vigencia y convencernos de su significado. El tango es historia y en sus letras perdurables se encuentran vivencias de un tiempo que no se agosta, sino que se alarga, se prolonga, para que comprendamos mejor una parte importante de la historia y la psicología del pueblo argentino, las experiencias que nos fueron transmitidas y la posibilidad de engrandecerlas, buceando, escarbando en la cultura ciudadana, antes que deslizándonos por la epidermis de lo foráneo y lo espurio”.
Muchas letras de tango son verdaderos exponentes de una particular forma de vivir, muchas canciones populares nuestras son alegres y picarescas, tienen sabor a patria, nos hablan de lo que conocemos y queremos. Entonarlas es despertar a la argentinidad y alejarnos de lo que no nos es auténtico.
Los nombres precursores.
Si bien el reinado de la “Guardia Vieja” aún persistía en Rosario el tango iba a encontrar ámbitos propicios en el período entre 1930 y 1950 en los escenarios de los clubes que organizaban los llamados “bailables”, en los tablados de cafés y locales nocturnos y sobre todo, en las radios rosarinas que a partir de los años iniciales de la década del treinta concentrarían la actuación de orquestas y solistas. Aquellas actuaciones en vivo no sólo abrían fuentes de trabajo sino que permitían que muchos artistas de la ciudad comenzaran a cimentar trayectorias relevantes que los alejarían de ella.
En 1931 la orquesta de Abel Bedrune amenizaba los bailes de carnaval. Bedrune iba a tener un mérito muy reconocido: su condición de maestro de bandoneonistas y responsable de la llamada Escuela Rosarina del Instrumento, la que tendría dos exponentes de primerísimo nivel correspondientes al período 1930-1960: Julio Ahumada y Antonio Ríos, contemporáneos y exponentes ejemplares de la llamada “Generación del 40”.
Luis Chera sería otro de los nombres inevitables de la cronología del tango en Rosario hasta su muerte en Febrero de 1972. Sus primeras actuaciones se remontan a 1925, y ya en los años iniciales en la época del 30 se lo puede escuchar en el dancing club de avenida Pellegrini al 1600, o en Colonia Italiana. En los años 40 y 50 su orquesta anima en forma habitual los bailes de Carnaval de los clubes Central Córdoba, Servando Bayo, Social Zona Sud, Echesortu, Sportsmen Unidos, Provincial, entre otros; en los cines Real, u Opera, alternando con las orquestas de Jazz. Chera ostentaría otra condición pionera: la de haber sido por muchos años el ingrediente tanguero exclusivo de la Boite Marina, en Mitre 800, uno de los locales más tradicionales y exclusivos de una ciudad donde ese tipo de ámbitos era todavía habitual con su parafernalia de música, danza, cantantes e ilusionistas, mujeres tentadoras, media luz y whisky importado. También subiría la orquesta al palco del café El Cairo, en Sarmiento y Santa Fe.
Contemporáneo de Bedrune y Chera sería José Sala, otro de los grandes propulsores del tango que iniciándose como violinista y baterista terminaría siendo un sensible pianista, cuyas orquestas integrarían los elencos de las radios rosarinas prácticamente desde 1930 hasta 1960. Sala participó como musicalizador de la hoy olvidada película Viejo barrio.
Alguno de los cantores de las sucesivas orquestas de José Sala fueron Pedro Bassini y Ricardo Argentino, y más de uno lograría aun mayor repercusión, como Alfredo Bellussi (vocalista de Osvaldo Pugliese y José Basso) y Carlos Yanel, que con el seudónimo de Siro San Román tendría popularidad en el país e incluso en Latinoamérica con otro género también exitoso: La música melódica y especialmente el bolero.
Raúl Bianchi puede ser integrado a esa nómina de importantes músicos que hicieron del tango orquestal una experiencia continuada y valiosa, en su caso desde los años 20 a 1960 cuando fallece. “El caballero del piano”, como se lo llamo, había hecho sus primeras armas artísticas acompañando desde el teclado las temblonas imágenes del cine mudo en los cafés y cinematógrafos que abundaban entonces, como el Empire Theatre. Integrado ya el circuito de los bailes en clubes, teatros, cafés y salones, Bianchi impuso a su orquesta un ritmo particular, que la hacía predilecta de muchos de los exigentes bailarines de entonces. Bianchi, como sus colegas, transito asimismo los auditorios y salas de todas las emisoras radiales, en especial a partir de 1936 cuando su agrupación adquiere personalidad distintiva.
Los grandes intérpretes.
Al mencionar inicialmente la capacidad de Rosario para generar grandes ejecutantes tangueros, se señaló el prestigio que alcanzaría la llamada “Escuela Rosarina” del bandoneón, protagonizada sobre todo por algunos de los alumnos de Abel Bedrune.
Julio Ahumada, nacido en 1916, sería uno de ellos y aunque se radicaría en Buenos Aires en 1937, ya desde su juventud en la orquesta de su maestro rosarino, mostraría una sensibilidad musical y un sonido personal que lo llevarían después a integrar las formaciones de directores como Lucio Demare, Joaquín Do Reyes, y José Basso entre otros. Y a elaborar una reducida pero valiosa obra autoral con joyas como “El Gurí”.
Muchas veces ganado por una bohemia que oscureció en forma notoria su talento como ejecutante, Antonio Ríos debe ser recordado sin embargo como uno de los más grandes bandoneonistas de la historia del tango, juicio en el que coincidirían colegas como Aníbal Troilo y Astor Piazzolla. Al igual que Ahumada, iniciaría su carrera como intérprete en la década del 30 en Rosario y la culminaría también en ella, después de las sucesivas etapas porteñas con las orquestas de Manuel Buzón, Argentino Galván, entre otros. Entre regresos y partidas, Ríos armaba sus orquestas rosarinas, muchas veces de vida efímera, sobre todo en la década del 50. La más perdurable de esas experiencias sería la de los poetas del tango, un cuarteto de altísimo nivel musical en el que estarían a su lado dos notables: Antonio Agri, y Omar Murtagh.
El talento de Ríos fue conocido en reductos nocturnos como “El farolito”, en Ovidio Lagos y Mendoza, en “El amanecer”, en Oroño al 200, y “Corchos y corcheas”, en Mitre al 700.

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